La última imagen de la cámara azul — un relato de ficción
Dos buceadores encuentran una cámara perdida y descubren que devolver una imagen puede importar más que quedársela.

Relato original de ficción. Los personajes y los hechos son inventados; no se presenta como una noticia real.
La cámara azul apareció entre dos piedras cuando Inés ya había dejado de buscar nada. El grupo regresaba despacio al punto de salida y ella seguía a su compañero, Tomás, que había señalado una pequeña grieta en la roca. Allí estaba: una carcasa rayada, cubierta por una capa fina de arena.
No intentaron abrirla en el agua. Continuaron la salida prevista y entregaron el objeto al responsable del centro. La aventura, pensó Inés, terminaría en un cajón de objetos perdidos.
Una fotografía inesperada
La tarde siguiente, el responsable les enseñó lo que había podido recuperar de la tarjeta. Había imágenes de peces, un barco visto desde abajo y una secuencia borrosa de aletas. La última fotografía mostraba a una mujer mayor riendo en la cubierta, con una toalla amarilla sobre los hombros.
No llevaba ninguna placa con su nombre. No había una dirección escrita en la cámara. Tomás propuso publicar todas las imágenes, pero Inés prefirió empezar con una descripción del objeto y del lugar aproximado donde lo habían encontrado, sin mostrar la fotografía de aquella desconocida.
El centro compartió el aviso. Quien reclamara la cámara tendría que explicar algún detalle que no figurase en el anuncio.
La llamada del martes
Una semana después llamó un hombre desde otra ciudad. Describió la correa verde que seguía sujeta a la carcasa y preguntó, antes que por la cámara, si había sobrevivido alguna fotografía tomada en la cubierta.
La mujer de la toalla era su madre. Había viajado con él para celebrar que por fin disponían de unos días libres juntos. La cámara cayó al agua mientras guardaban el equipo. Habían aceptado perderla, pero él recordaba haber hecho una fotografía justo antes.
El responsable comprobó los detalles y organizó la devolución. No hubo una multitud esperando en el muelle ni una recompensa extraordinaria. Llegó una carta breve, escrita a mano, que el centro colocó junto al mostrador.
Lo que quedó en tierra
Inés volvió a ver la imagen cuando su dueño autorizó al centro a mostrarla. La mujer estaba riéndose de algo que nadie más podría explicar del todo. Esa pequeña parte desconocida le gustó más que cualquier desenlace espectacular.
Tomás le preguntó si lamentaba no haberse quedado con la cámara como recuerdo del hallazgo. Inés negó con la cabeza. Ellos ya tenían una historia que contar. La fotografía, en cambio, había encontrado el camino de vuelta a la suya.